My dear enemy (Lee Yoon-ki, 2008)

“Los coreanos y los españoles nos parecemos mucho: a ambos nos gusta divertirnos bebiendo toda la noche”. Esta sentencia, tan simpática como naif, resume a la perfección al protagonista de ‘My dear enemy‘ (2008), una de las películas más bellas y sencillas que nos ha entregado el cine coreano en los últimos tiempos. Este entrañable personaje se ve asaltado repentinamente por su ex-novia, que le reclama una importante suma de dinero. Antes de que el día acabe, hará todo lo posible por saldar su deuda, pidiendo a su vez préstamos a una estrafalaria galería de personajes femeninos.

Pero lo que convierte a ‘My dear enemy’ en una gran película no es una visión sardónica de los variopintos tipos humanos que pueblan el Seúl actual, sino el cariño con que los dibuja. Los protagonistas no son precisamente héroes: él es un tipo irresponsable que vive en una realidad romántica completamente alejada de los problemas cotidianos y ella es una mujer fría y desagradable, incapaz de disfrutar de los pequeños placeres que nos otorga el día a día. Pero, a pesar de sus defectos, el director consigue que tomemos cariño a ambos personajes, a priori desagradables, a través de una trama llena de peripecias que, si no son demasiado originales o espectaculares, sí consiguen que el ritmo no decaiga en ningún momento.

Pues ese es el talento que despliega el interesante realizador Lee Yoon-ki en esta historia: hacer algo relevante de un planteamiento más bien banal, por medio del desarrollo de personajes el humor y un romanticismo a años luz de la media de empalagosas comedias románticas coreanas. Lee Yoon-ki se beneficia del talento de sus actores, los estupendos Jeon Do-yeon (Secret Sunshine, Hanyo) y Ha Jung-woo (The chaser, The yellow sea), que cambian sus habituales roles dramáticos por caracteres mucho más amables y consiguen una química notable, complementando a la perfección el fastidioso pragmatismo de la primera con el enervante romanticismo del segundo.

‘My dear enemy’ se corona con un sutil y elegante final que es un canto a las personas que se atreven a soñar pequeños sueños, quizás normalmente ahogados por la vertiginosa cotidianidad, pero que pueden hacerse posibles en un momento dado. O esa es la magia del cine. Porque, aunque españoles y coreanos estemos a años luz unos de otros en la mayoría de las cosas, para el protagonista, y para ese filántropo que es Lee Yoon-ki, es más importante lo que nos une que lo que nos separa.

Nota: 8/10
Lo mejor: el encanto arrollador de Ha Jung-woo y el estupor de Jeon Do-yeon, dos de los mejores actores del cine coreano reciente.

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