Motel Cactus (Park Ki-Yong, 1997)

¿Existió realmente la ‘nueva ola’ del cine coreano? Bien sabido es que los críticos y estudiosos son propensos a otorgar etiquetas a movimientos más bien difusos que muchas veces no forman una verdadera tendencia o corriente. Aunque sí pareció ser así en el caso de las nuevas olas asiáticas, que comenzaron a gestarse a mediados de los 80 y alcanzaron su apogeo durante los 90. Los festivales estaban plagados de cintas japonesas, hongkonesas, taiwanesas, chinas… Surgieron (o aparecieron ante Occidente) autores tan importantes como Wong Kar-wai, Takeshi Kitano o Edward Yang, y los críticos y el público exigente se pusieron de acuerdo en cantar las alabanzas de una cinematografía que parecía dispuesta a hacerse con el hueco que había dejado el cine de autor europeo, que no pasaba precisamente por su mejor momento.

Corea del Sur, sumida en una dictadura militar hasta finales de los 80, se quedó atrás en lo que a exportar cine se refiere. Pero en 1997, por vez primera, una película que seguía los postulados del cine de autor contemplativo que nos llegaba de Oriente, llamaba la atención fuera de sus fronteras. Era ‘Motel Cactus‘, una cinta dividida en cuatro historias que transcurren en la misma habitación del motel del título.

‘Motel Cactus’ es una cinta premeditadamente dislocada en la que no hay argumento, sólo la complacencia de rodar a cuatro parejas encontrándose, abrazándose, discutiendo o separándose. Algo así como las fases que atraviesa el amor, en Corea y en todo el mundo. Esta reflexión un tanto superficial sobre las relaciones de pareja se nos revela con una fuerza visual superlativa gracias al trabajo del director de fotografía Christopher Doyle, que ha trabajado con Wong Kar-wai o Gus Van Sant, y que se convierte en el verdadero protagonista de la cinta, no sólo porque el argumento sea muy tenue, sino porque la reflexión que plantea tampoco es demasiado trascendente. ‘Motel Cactus’ se queda en un bonito artificio que pretendía ser algo diferente al cine convencional del momento, un objetivo loable pero no suficiente como para que su director, Park Ki-Yong, gozase de una larga trayectoria posterior. En su siguiente trabajo, ‘Camel(s)‘, utilizó un argumento (o no-argumento) similar pero prescindió de Doyle y el resultado pasó sin pena ni gloria por festivales y salas alternativas. Después, aunque ha ostentado cargos importantes en, por ejemplo, la Korean Academy of Film Arts, sólo ha rodado el documental ‘Moving‘ (2011).

Pero no importa demasiado si ‘Motel Cactus’ es una buena o mala película, si nos gusta o no, ni siquiera si el tipo de cine que representa ha tenido continuidad en Corea. Lo relevante es que, a partir de aquel momento, los festivales internacionales también hicieron un hueco al cine surcoreano: comenzarían a llamar la atención autores como Kim Ki-duk, Lee Chang-dong o Hong Sang-soo, que aún continúan asomándose con asiduidad a nuestras pantallas. Si aquella nueva ola coreana fue sólo una etiqueta inventada por los críticos, sirvió para que la cinefilia, al menos la que gustaba de seguir la actualidad de los festivales, se diese cuenta de que Corea del Sur también existía.

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