Barking Dogs Never Bite (Bong Joon-ho, 2000)

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Cuando empecé a estudiar coreano, se lo conté a mi amigo Fernando, que me miró de hito en hito. ¿Y por qué coreano?, me pregunto. Yo le expliqué que había empezado a desarrollar una saludable obsesión (“ninguna obsesión puede ser saludable”, me dijo) por Corea: estaba viendo mucho cine coreano y escuchando K-Pop. “Lo único que sé de los coreanos es que comen perro”, me contestó él. En aquel momento no le di mucha importancia a este comentario pero he vuelto a él muchas veces desde entonces, porque me he dado cuenta de que una buena parte del mundo no sabe nada sobre Corea, excepto que sus habitantes comen carne de perro.

Y este hecho es siniestramente irónico si se piensa que, en el cine de Corea del Sur, esta práctica ancestral prácticamente no aparece, quizás porque, de cara al exterior, este hábito parece cosa casi bárbara. Pero es una cuestión de perspectiva. Fíjate la que se montó en Inglaterra o Alemania por comer un poquito de carne de caballo, cuando es un alimento que puede encontrarse fácilmente en España y en el norte de Italia es la vianda que más se consume. Mientras a los ingleses comerse un caballito les parece una atrocidad, los milaneses se relamen. En Corea, los perros que se comen (en general, tampoco soy un experto en el tema) son criados ex-profeso para convertirse en alimento, no es que a la gente le dé un ataque de hambre y devore a sus mascotas… O quizás sí.

Ésta es la premisa del debut tras las cámaras del gran Bong Joon-Ho (‘The Host‘, ‘Memories of Murder‘), en la que, cual historia de Agatha Christie, uno a uno, desaparecen los perros de un bloque de pisos por obra y gracia de un conserje hambriento y sin demasiados escrúpulos. Poco más que decir sobre ‘Barking Dogs Never Bite‘, salvo que es una obra maestra de un humor negrísimo, sardónica e inquietante, con unas estupendas interpretaciones de sus protagonistas, Lee Sung-Jae y Bae Doo-Na, y que, en cierto modo, inauguró la lista de frescas comedias que esconden ácidas sátiras sociales. El cine de este señor siempre ha sido muy metafórico, y la carne de perro es el símbolo perfecto del desgarramiento de Corea entre su alma asiática y su nuevo estilo de vida, importado de Occidente.

Me divierte pensar que, de todas las películas coreanas que he visto (y son un buen montón) solamente he visto perros como comida en ésta y en la obra maestra ‘301, 302‘. El resto, cobardemente, se lo callan y muestran a los perros como mascotas, como en cualquier país civilizado. Señores, el estómago no es civilizado. Si algo impide que nos comamos los unos a los otros es que los supermercados cierran cada vez más tarde. El caso, la película divertirá a todo cinéfilo occidental que se precie. O no. Será que a mí nunca me han gustado mucho los perros.

Nota: 9/10
Lo mejor: Todo.

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